
En 1996 llegó a las pantallas The Craft, conocida en México como Jóvenes Brujas, una película que no solo atrapó por su historia, sino que terminó marcando toda una generación.
Dirigida por Andrew Fleming y protagonizada por Robin Tunney, Fairuza Balk, Neve Campbell y Rachel True, la cinta se convirtió en un fenómeno inesperado dentro de la cultura pop de los noventa.

La historia —centrada en un grupo de adolescentes que descubren poderes sobrenaturales— conectó de inmediato con el público joven.
No solo por su narrativa oscura y provocadora, sino por la forma en que exploraba el lado más íntimo de sus protagonistas: el deseo de pertenecer, la inseguridad, la rabia… y cómo el poder puede sacar tanto lo mejor como lo peor de cada persona.

En su momento fue un éxito en taquilla, pero lo verdaderamente interesante ocurrió después. Con el paso de las semanas, Jóvenes Brujas comenzó a trascender la pantalla: su estética —crucifijos invertidos, faldas tableadas, maquillaje oscuro— se filtró en la moda juvenil, mientras que su discurso encontró eco en una generación que empezaba a cuestionar normas y a construir su propia identidad.

El filme también ayudó a posicionar lo esotérico y lo pagano dentro del imaginario colectivo de los noventa, abriendo la puerta a nuevas propuestas cinematográficas que intentaron replicar su fórmula. Sin embargo, pocas lograron capturar la misma esencia ni el impacto cultural que dejó The Craft.
Hoy, a tres décadas de su estreno, la película se mantiene como un referente obligado.
Más que una historia de brujería, es un retrato generacional que logró romper la barrera del tiempo para convertirse en un auténtico film de culto.

Para quienes la vimos en su momento, sigue siendo prueba de que hay historias que no solo se ven… se viven, se adoptan y, con los años, se convierten en parte de quienes fuimos.
